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El pasado mes de abril se celebró en la capital guipuzcoana el XI. Festival de Cine y Derechos Humanos. Como en ediciones anteriores, numerosos temas, relacionados con la vulneración de los derechos humanos en diferentes lugares del mundo. Este es un festival que reivindica valores como la cooperación, la convivencia, el reconocimiento mutuo, el respeto a los derechos humanos, etc. Haciendo así del séptimo arte un espejo que refleja al mundo las innumerables injusticias sociales que ha cometido y todavía comete el ser humano. En ONGI, nos sentimos identificadas con estos valores y por eso, no nos quisimos perder este acontecimientos y acudimos a ver diversas películas.

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 Ohiana Bobillo

Violeta se fue a los cielos (2011) es un largometraje dedicado a una de las figuras más destadas de Chile, Violeta Parra. Dirigida por Andrés Wood, autor de películas como Machuca (2004), o La buena vida (2008). La película que hoy presentamos, fue premiada en el Festival de Sundance el Gran Premio Internacional del Jurado. Y en “Chile fue recibida muy bien”, logrando “el reconocimiento del público” afirma Ángel Parra, hijo de Violeta Parra, quien dijo sentirse muy satisfecho con la película. Aseguró que la música de su madre puede motivar a los jóvenes de hoy a “trabajar para construir un mundo mejor”, retomando los “valores” que transmitía ella, sobre “una sociedad más justa y solidaria”. Pareciera así que “Violeta no se fue, y sigue aquí”, comentó. El Festival de Derechos Humanos de Donostia clausuró el certamen con esta película.

 “No es un documental de Violeta Parra”, cuenta Ángel Parra. Lo que, a posteriori, corrobora el director de la película, afirmando que “no es un largometraje biográfico”, sino un “el retrato íntimo” de “un genio”. El filme se olvida del contexto que rodea a la artista, para centrarse únicamente en ella. Mostrándonos así una pequeña parte de su arte y descubriendo sus secretos y amores; sus penas y alegrías; sus miedos y frustraciones.

Una mujer apasionada, soñadora y rebelde, así era Violeta Parra. Y aunque la película “no abarca todo, sí que lo insinúa”, proclamando entre líneas su carácter comunista. Como afirma su hijo, ella era una “caricatura del comunismo”, “una mujer que militaba todo el día”. Ella era música. Ella era, a veces, Himno a la vida; y otras, Que pena siente el alma.  Contradicciones, que para muchos, eran “lo lindo de su arte”, afirma Andrés Wood.

La película se mueve libremente para adelante, para atrás y viceversa. “Lejos de ser lineal, Violeta se fue a los cielos se plantea como un viaje zig-zagueante por capítulos escogidos de la vida célebre de la canta autora” afirma su director. Rompiendo así con la temporalidad lineal de la narración. El largometraje posee, como confiesa el Andrés Wood, una evidente “vocación estética”. Se trata de una película con delicadas pinceladas “poéticas”, en la que las imágenes en movimiento y las imágenes estáticas se entrelazan al compás de la música de Violeta Parra. Convirtiéndose las letras de sus canciones en parte esencial del guión y clave para descifrar las imágenes del film.

Violeta Parra representa el origen de la corriente de la nueva canción chilena, la semilla de la canción protesta en Latinoamérica. Ella cantaba a la injusticia con esperanza, sus letras eran “cantos de pájaros”que volaban hacia el horizonte en busca de libertad. Fue en busca de la memoria de su pueblo, recopilando canciones populares, “rescatando del olvido canciones folclóricas y la riqueza cultura” chilena. Recuperó la historia de su pueblo y luchó por la identidad de su nación con la única arma que la música. Se reveló contra el capitalismo y las dictaduras con su música y sus letras, e hizo converger estos valores en la música, invitando a los jóvenes a que “no cantarán, sino gritaran” y nunca dejaran de soñar. Se convirtió así en embajadora de las tradiciones de su país por el mundo.

En la película, Francisca Gavilán, en el papel de Violeta Parra, dice: “la vida no es una fiesta” y los buenos momentos pasan como “mariposas pasajeras”. Los años se graban en nuestro cuerpo dejando eternas cicatrices que marcan nuestra piel.  Y nos recuerdan que “la vida es más fuerte que un poema o una canción”. Pero a veces, sólo a veces,  como decía aquella bella canción de Violeta Parra, hay algo “que nos devuelve a los dulce 17” y “nos vuelve tan inocentes”. Es así como su arte perdurará, en lo que ella consideraba su verdadero arte, “su gente”.

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